TIEMPO DE LIBERAR LA ECONOMÍA


El 6 de marzo del presente año, día en que se dio la alarma por los primeros casos de personas infectadas con Coronavirus-19 en Costa Rica, ya analistas como Jamie Rush y otros alertaban en Bloomberg, de que la economía a nivel mundial podría perder alrededor de $2,7 billones de dólares; una cifra astronómica y a todas luces incomprensible para la mente humana. Una cifra que sólo podríamos entenderla en el tanto en que empecemos a sufrir el embate de la recesión económica mundial, a través de diversos medios, como la baja en las ventas, el consumo, y la pérdida del valor del dinero, lo cual se traduce en el empobrecimiento.

En aquel momento, los analistas previeron que el virus chino se habría filtrado en casi todas las mayores economías del mundo, y que los principales perdedores habrían sido China con una contracción alarmante hasta un -0,7% del PIB, seguida de sus vecinos.

En los escenarios planteados por los analistas, todos resultaban terribles y hasta catastróficos para el mundo actual.

Gobiernos interventores de marcada tendencia socialista como Francia, España o Canadá han indicado serias medidas que atacan la propiedad privada y además inyectan descomunales cifras de dinero que, o provienen del dinero robado a sus mismos ciudadanos o bien por la impresión de moneda. Al final nada es gratis, y la gente deberá pagar con creces las llamadas “ayudas”. ¿Cierto?

UNA PANDEMIA QUE NOS LLEVA AL REPLANTEAMIENTO

La pandemia de la gripe española originada en 1918 y que cobró la vida de entre 20 y 40 millones de personas, estuvo enmarcada en un mundo cuando las economías -es decir, nosotros, las personas- estaban más aisladas unas de otras. En aquellos años el comercio abierto estaba dando pequeños pasos a la globalidad, y los efectos del diezmo de la población eran menos evidentes que en pleno año 2020.

Hoy día, la mayor parte de las naciones y de las personas hemos entendido que para encontrar un nivel adecuado de bienestar y una vida honrosa es necesario abrirnos al comercio. Por eso es que una contracción económica como la que estamos afrontando de lleno es aún más peligrosa que las siete plagas de Egipto. Los efectos de no poder desarrollar las actividades productivas y negociación, debido a la pandemia del COVID-19 son y serán más duras a nivel global, y más aún en países donde no se respeta la propiedad privada o se tienen vagas ideas acerca de cómo funciona la economía. Países donde los Estados cada día han estado tratando de aniquilar las libertades de comercio, son y serán los más afectados. Y lo que más me preocupa es que Costa Rica, un pequeño país que ha abrazado el socialismo durante décadas será terriblemente afectado a pesar de las políticas intervencionistas de la clase política. Veamos.

Ya el Banco Mundial ha oficializado la creación un plan para financiar empresas y Estados que estén sufriendo externalidades producto del COVID-19 por alrededor de $14 mil millones de dólares; esto, aunque ayuda, no es suficiente para el desafío que se nos presenta como raza, y Costa Rica me temo es uno de esos países en los cuales la clase política ofrece medidas para solucionar el problema que mas bien lo incrementan.

Si bien, las medidas económicas y las cargas impositivas en el país han sido las principales causantes de la quiebra de cientos de empresas de diversos tamaños, estas podrían parecer liliputienses ante la recesión económica mundial que se está gestando en estos días y que más pronto que tarde, vendrán a multiplicar la ya pordiosera condición de la economía nacional.

La caída en el empleo, el cierre de empresas, la quiebra de negocios son los efectos de aumentar los impuestos para seguir manteniendo un gasto público de un país que ya no somos o quizás nunca fuimos. Negarse a ojear las causas de esta crisis es el primer paso para el desastre. Las causas son claras, y los responsables somos todos, pero la solución la tienen aquellos que gerencian el Estado, y no son más que la clase política, empezando por el Presidente.

Si en cuestión de una década hemos logrado contraer la inversión privada, reducir los emprendimientos, aumentar los suicidios, y la delincuencia en todos los estratos, eso ya es clara señal de que hemos perdido el rumbo, tomando la ruta equivocada al desarrollo y al bienestar. Y me temo que la recesión mundial de la economía tan solo vendrá a afianzar la crisis que ya vivimos desde hace una década.

Ante este desolador panorama, quienes hoy abogamos por las ideas de la libertad hemos levantado las alarmas para alertar a la sociedad de que el camino que ha tomado Costa Rica es el equivocado. Estamos haciendo todo mal, y el aumento de la pobreza es la principal prueba de ello. ¿O es que acaso necesitamos gastar millones en un Estado de la Nación para saber que estamos mal?

Hoy al igual que ayer, la única forma para salir de esta crisis pre, durante y post Coronavirus 19 es que la clase política en lugar de manipular la economía, mas bien la liberalice. Requerimos encadenar las acciones, reducir el gasto público, recortar la planilla del Estado, y luego aumentar las libertades económicas, eliminando y reduciendo impuestos, para que quienes puedan ahorrar dinero, tengan la confianza de poder invertirlo sin el temor a que el Estado los va perseguir para robarles a través de los múltiples poderes coactivos que la sociedad le ha ido depositando.

Si reducimos impuestos, o bien eliminamos los que se puedan, vamos a generar un encadenamiento de nuevas empresas que van a crear empleos, la gente tendrá más dinero en sus bolsillos para poder gastarlo en lo que deseen, o bien ahorrarlo y así aumentar el bienestar humano, que es al fin lo que todos ansiamos ¿No es cierto?

Casi todos estamos de acuerdo en que debemos buscar nuestro propio beneficio como individuos y como nación, la diferencia está en que algunos creen que para obtener ese beneficio es necesario robarle a otros el fruto de su esfuerzo a través de impuestos, leyes y decretos que aumentan el poder del Estado y disminuyen la libertad del individuo, quien a final de cuentas es la principal minoría y a quien nos debemos. ¿Verdad que sí?