La misteriosa historia del templo de Ujarrás


Ricardo Fernández Guardia

Crónicas Coloniales, La jura de Don Luis I

Fray Diego Caballero  guardián del convento de San Francisco de Cartago, estaba muy atareado el 24 de diciembre de 1724 con los preparativos que en su iglesia se hacían para celebrar dignamente la Navidad, cuando se le acercó un indio y le entregó una carta después de besarle con mucho respeto la mano. La misiva era de fray Miguel Hernández, cura doctrinero del pueblo de Ujarráz, y el guardián comenzó a leerla distraído, pero a medida que avanzaba en la lectura su semblante iba reflejando un interés creciente. Leyó por segunda vez con gran reposo, y habiendo llamado a Fray Andrés Capellazo, que dirigía el aderezo de un altar, se fue con él al claustro para mostrarle la carta. Al enterarse de su contenido, fray Andrés se quedó suspenso mirando al guardián. Al cabo de un rato le dijo:

–          ¿Qué piensa vuesa paternidad de éste suceso?

–          Pienso que no conviene decir nada todavía. Se trata quizás de una ilusión de fray Miguel

–          Me parece que vuesa paternidad piensa muy bien.

Sin decir más, los dos franciscanos regresan a la iglesia para reanudar su tarea y no volvieron a hablar del asunto hasta después de la Navidad. En su carta fray Miguel comunicaba al guardián que a las diez de la noche del 23 de diciembre las campanas de la iglesia de Ujarráz habían tocado por sí solas, acontecimiento que lo tenía muy preocupado. Esa iglesia, una de las mejores de Costa Rica en aquel tiempo, era el santuario de Nuestra Señora dela Concepción, protectora y defensora de la provincia, que la había salvado de los piratas en 1666 y cuya milagrosa imagen, enviada según la tradición por el emperador  Carlos Quinto, se custodiaba en Ujarráz desde los tiempos de la Conquista. El guardián y fray Andrés, después de haber departido largamente, convinieron en seguir callando el hecho para no alarmar al vecindario; pero el 7 de enero de 1725 una nueva carta de fray Miguel vino a alborotar el convento y en seguida a la ciudad. Relataba en ella que el 31 de diciembre anterior, a las once de la noche, las campanas habían tocado por segunda vez misteriosamente, repitiéndose el hecho el 6 de enero después de medio noche. La confusión y alarma que éstas noticias causaron en Cartago fueron muy grandes y nadie dudó de que esos toques eran anuncio de alguna calamidad. La previsión no tardó en realizarse. El 15 de enero a las diez de la noche, el gobernador Don Diego de la Haya Fernández tuvo aviso de que el río Paz había inundado repentinamente la iglesia y el pueblo de Ujarráz, ignorándose la suerte que hubiesen corrido los habitantes. Al punto organizó dos cuadrillas de jinetes para que fuesen por distintos caminos a socorrerlos, y en la madrugada del siguiente día salió él mismo con otra, teniendo la satisfacción de encontrar sanos y salvos a fray Miguel y sus feligreses, a pesar de haber penetrado el agua una vara en la iglesia y las casas.  Más de mil personas se juntaron en Ujarráz para adorar a Nuestra Señora de la Concepción y por unanimidad se resolvió llevar la sagrada imagen a Cartago, donde fue colocada en la parroquia y se le cantaron misas todos los días, sacándola repetidas veces en procesión y rezándole por las noches rosarios y letanías. Dos años antes había sido igualmente traída a la ciudad con muchos honores, el 23 de febrero de 1723, cuando la gran erupción del volcán Irazú.

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