¿Pablo Presbere un héroe indígena? Jamás


(Artículo publicado 29/10/2011)

Homer Dávila | Los hechos históricos acaecidos durante el período colonial son numerosos y realmente imposibles de contar en tan poco espacio y tiempo. Pero no por ello podemos tomar partido por uno o contra otro bando.
Es un completo mito el decir que los indios eran unas pobres e inocentes poblaciones que fueron explotadas y masacradas por el invasor español. Lo cierto es que eran naciones con formas de vida completamente diferentes a los europeos, y que por tanto tenían formas diferentes de actuar. Ello queda en evidencia en costumbres como los enterramientos[1] de los esclavos indios cuando su amo fallecía, así como la costumbre de cortar cabezas, robar mujeres y empanizar cuerpos, como el poco conocido fuerte de Couto[2].
Los españoles a diferencia de los ingleses, realizaron una práctica que los anglosajones no realizaron; la de mezclar su sangre con los indios, razón por la cual la población de Latinoamérica debe la mayor parte de su origen.
Algunos documentos que circulan en Costa Rica hablan de que Presbere era un rey, y que lideró un movimiento a favor de la liberación de los pueblos indígenas, ya no sólo de Talamanca, sino de toda Costa Rica, quizás en pro de todos los indios del continente. No existe nada más alejado de la realidad.
La verdad es que las tribus talamanqueñas para la época eran naciones guerreras, acostumbradas a invadir a otros pueblos indígenas.
Son muchísimas las relaciones documentales que señalan las costumbres guerreras de éstos pueblos. Robo, guerras, masacres, vejaciones y demás acciones realizada en contra de los que ellos consideraban que se oponían a su forma de vida, eran llevadas a cabo por éstos.
A continuación he transcrito una parte del capítulo VII de la Reseña Histórica de Talamanca escrita por el reconocido Ricardo Fernández Guardia, quien basó la mayor parte de su obra en la obra de su padre, el licenciado León Fernández, quien nos regalara la Colección de Documentos para la Historia de Costa Rica, de la cual ya pocos académicos se refieren.


Capítulo VII
Sublevación general de Talamanca. Perseverancia de los misioneros. Los Talamancas toman la ofensiva contra los indios cristianos. Lentitud de la administración colonial española. Resultados de la obra de los misioneros. 1709-1821
En el mismo año en que el rey declaraba el capital interés que le inspiraba las misiones de América, aconteció la súbita ruina de la obra tan penosamente llevada a cabo por ellas en Costa Rica, y lo que es más lamentable, por un motivo bien fútil. Un día Pablo Presberi, cacique de Suinsí, el guerrero más temido en Talamanca, vio a uno de los frailes y a varios soldados de la escolta escribiendo cartas a sus parientes y amigos de Cartago. En la mente del belicoso cacique brotó la sospecha de que aquellas cartas tenían por objeto llamar a los españoles y esto fue lo bastante para que lanzase el grito de guerra. A su voz se alzaron todas las tribus desde Chirripó hasta la isla de Tójar en la bahía del Almirante, con excepción de los viceitas y bribris. A la cabeza de una tropa de cabécaras y terbis marchó Presberi a Urinama, en cuyo convento mató, el 28 de septiembre de 1709, a fray Panlo de Rebullida que estaba en Talamanca hacía 15 años y hablaba siete idiomas de los indios, y a los soldados que lo acompañaban. Enseguida se dirigió a Chirripó, donde fueron muertos fray Antonio de Zamora, dos soldados, y la mujer y el hijo de uno de ellos. Fray Antonio de Andrade se hallaba en Cabécar con Francisco de Segura, jefe de la escolta, y 23 soldados. La primera noticia que tuvieron de la sublevación de los indios fue la llegada de la turba enfurecida, que cayó sobre ellos de improviso matando a cinco hombres. Los 18 restantes, con su jefe y fray Antonio, se defendieron valerosamente y lograron retirarse con enormes dificultades, heridos y perseguidos por los indios hasta Tuís, pueblo situado a 12 leguas de Cartago. Los rebeldes quemaron 14 iglesias fundadas por los misioneros en Talamanca, los conventos y las casa del cabildo, y destruyeron las imágenes y objetos sagrados. Tan sólo se salvaron las dos iglesias de Viceita. El geólogo norteamerica, doctor William M. Gabb, descubrió en un riachuelo, cerca de San José Cabécar, en 1874, un pedazo del incensario de la iglesia de éste pueblo y lo obsequió más tarde al Instituto Smithsoniano de Washington. Esta es la única reliquia que se conserva de la gran obra destruida de los misioneros.
Tan terrible desastre causo dolor en toda la provincia de Costa Rica y no hubo más que una voz para pedir que se hiciese un castigo ejemplar; pero como para esto hacían falta elementos de guerra, el gobernador de Lorenzo Antonio de Granda y Balbín acudió a la Audiencia de Guatemala en demanda de socorro. La Audiencia remitió a Cartago para este efecto, 75 armas de fuego, 100 armas blancas, 800 libras de pólvora, 4000 balas y 4000 pesos. El gobernador organizó una fuerza de 200 hombres y resolvió atacar a Talamanca por lados. A principios de febrero de 1710 salió de Cartago con fray Antonio de Andrade y 120 soldados en dirección de Boruca y allí estableció sus cuarteles. La otra fuerza, compuesta de 80 hombres a las órdenes del maestre de campo don José de Casasola y Córdoba, marchó directamente a Talamanca por el camino de Chirripó.
Desde Boruca, el gobernador hizo abrir un sendero por los indios de este distrito hasta Viceita, pasando sobre la cordillera, y llegó a éste lugar cuyos indios habían permanecido fieles a los españoles. De Viceita se trasladó a Cabécar, adonde llegó también Casasola y Córdoba. Juntas las dos fuerzas, establecieron su cuartel general en Ca´becar, se hicieron numerosas correrías a las tierras de los rebeldes y fueron capturados 700 indios. También cayeron prisioneros varios jefes de la sublevación. El cacique Comezalá y algunos otros lograron escapar. Volvieron los españoles con sus prisioneros; pero de éstos sólo llegaron a Cartago 500, porque en el camino se fugaron o murieron los demás. Los indios cautivos fueron repartidos por el gobernador a los oficiales y soldados que tomaron parte en la campaña y se procesó a los caudillos de la sublevación. El caique Presberi dio pruebas de una gran fortaleza de alma, negándose a denunciar a ninguno de sus cómplices, cuando todos lo acusaban a él. El gobernador lo condenó a la pena capital y murió arcabuceado en Cartago el 4 de julio de 1710. Los indios de Talamanca guardan todavía el recuerdo de esta gran sublevación.
No se descorazonaron los misioneros por la ruina de su obra de 20 años, que aniquilada en un día, y se pusieron a trabajar activamente a fin de obtener los medios necesarios para rehacerla; pero el obispo de Nicaragua y Costa Rica, fray Benito Garret y Arloví, no les era favorable y atribuía el fracaso a la ignorancia de los recoletos y al excesivo rigor de los observantes que habían tenido a su cargo las misiones de Talamanca, y deseaba que éstas se confiasen en adelante a los jesuitas. No carecía de razón el obispo; pero también es necesario tomar en cuenta las inmensas dificultades con que habían tropezado los por motivo de la gran aspereza del territorio y la dispersión de los indios, que no era posible reunir en agrupaciones de alguna importancia, requisito indispensable para la obra de civilización.
… no fue sino hasta 1726 cuando la Audiencia decretó el restablecimiento de las misiones armadas a Talamanca. El proyecto comprendía la fundación de una ciudad de 100 familias españolas con una guarnición de 100 soldados y un gasto de 12 000 pesos en el primer año y en 8000 en cada uno de los siguientes, para cubrir las necesidades de la colonia. Además se acordó pedir al rey el envío de 200 familias de las islas Canarias con destino a Talamanca; pero todo lo anterior sujeto a la mejor opinión de la Corona.
En tanto las autoridades superiores de Guatemala procedían con esta lentitud, los frailes no perdían el tiempo, ocupándose en preparar nuevos misioneros para Talamanca y haciendo, al mismo tiempo, gestiones directas en la corte de Madrid, a la cual enviaron dos representantes; pero hasta 1738 no pudieron obtener, y esto mediante informe favorable del Consejo de las Indias, que el rey emitiese, con fecha 21 de mayo, una real cédula en que se aprobaba lo resuelto en Guatemala por la junta de 1726. A pesar de la orden del rey, el restablecimiento de las misiones y la población de Talamanca se quedaron en proyecto, paralizados por un vaivén de papeles y de opiniones contrarias. Por su parte, las autoridades de Costa Rica no se desinteresaban de Talamanca y no habían cesado de apoyar las solicitudes de los misioneros, en particular el gobernador don Diego de la Haya Fernández, quien en 1719 escribió al rey que la reducción de éste territorio no se podía hacer con sólo predicar el Evangelio y que si le daban dos compañías de infantería y 6000 pesos anuales, se comprometía a llevar a cabo la reconquista de Talamanca. Éste mismo gobernador, en virtud de la real cédula del 23 de agosto de 1721, escribió al gobernador inglés de Jamaica, en 1722, reclamándole la devolución de 2000 indios que habían sido sacados de aquel territorio y de la isla de Tójar y vendidos como esclavos por los mosquitos y sus aliados. No obstante la paz que entonces existía entre España e Inglaterra, los indios robados no fueron devueltos y las gestiones que en el mismo sentido hizo en Londres don Jacinto Pozobueno, embajador de España, no obtuvieron mejor resultado.
Asesinato de Fray Pablo Rebullida a manos de Pablo Presbere y demás indios sublevados. Fuente: Album de Figueroa.


[1] “Pidiome el cacique Accerri que ynbiase
por un principal y cacique su sugeto, que estava en aquella
comarca en unas breñas y no le queria obedecer. Envie un
caudillo con gente y guias, el qual lo truxo. Dio la obediciencia
devida a V. M. tt ; hizome gran lastima saber que acababa de
sacrificar quatro muchachos para enterrar con un hermano que
se le habi muerto, rito entre ellos muy usado. Reprehendiselo
y dile a entender por los ynterpretes la maldad que cometia y
quitele que no matase otros dos que tenia para este efecto.”
Carta de Juan Vázquez de Coronado A S.M. El Rey D.Felipe II Del Castillo de Garcimuñoz, 2 de julio de 1563
[2] Véase cartas de relación Juan Vázquez de Coronado.

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